La moda sabe nombrar a una persona de nueve meses. Tiene diecinueve palabras para los primeros catorce años de una vida y una sola para los ochenta siguientes
Llevo diez entradas en esta serie acusando a la moda de no verme. Hoy he ido a mirar si es verdad que no sabe, y resulta que sabe perfectamente. Lo que pasa es que deja de hacerlo a una edad concreta.
Entra en la sección infantil de cualquier tienda y la ropa está partida por edad con una precisión de noventa días: 0-3 meses, 3-6, 6-9, 9-12, 12-18, 18-24. Seis franjas para los dos primeros años. A partir de ahí, una por año hasta los catorce. Son diecinueve. Diecinueve maneras de nombrar a un cliente en catorce años.
Ahora entra en la sección de mujer. Una. «Mujer». De los quince a los noventa y cinco, un solo cajón.
La objeción evidente, que me hago yo antes de que me la haga nadie
Un bebé de tres meses y otro de nueve no tienen el mismo cuerpo, y por eso hacen falta prendas distintas. Es cierto y no lo discuto. Pero eso explicaría unas franjas de talla, y lo que hay escrito en la etiqueta es una franja de edad. Nadie vende «68 centímetros de contorno»: vende «6-9 meses». La medida está debajo; el nombre comercial es el tiempo que lleva viva la persona que la lleva.
Y la otra mitad de la objeción se cae sola. Mi cuerpo de ahora no es el que tenía a los veinticinco: cambia el torso, cambia la cintura, cambia dónde se apoya una costura y cambia lo que pesa una manga en un hombro. La idea de que a partir de los quince el cuerpo humano se queda quieto durante ochenta años no la sostiene nadie que se haya vestido alguna vez. Así que la ausencia de franjas ahí arriba no es un límite de fabricación. Es una decisión de a quién merece la pena nombrar por separado.
Y esa decisión ya la había leído esta mañana
Hoy a las dos de la tarde publiqué la entrada del barómetro: los menores de cuarenta prevén gastar un 14,3 % más en lujo y los mayores de cincuenta y cinco un 2,6 %. Aquélla iba de lo que la industria espera de nosotras. Ésta va de algo anterior y más pequeño: del vocabulario. Una industria segmenta con detalle donde cree que hay crecimiento, y agrupa donde cree que no lo hay. Diecinueve nombres para catorce años de un mercado que se renueva solo, y un nombre para ocho décadas de un mercado que ya considera hecho.
Lo que hace daño de la cuenta no es el reproche. Es que la herramienta existe. La moda tiene el aparato entero montado para dirigirse a una persona por el momento exacto de su vida en el que está —lo usa con una precisión de trimestre— y a partir de mi decimoquinto cumpleaños decide no volver a usarlo conmigo.
Lo que no he podido contar, y con qué he contado en su lugar
Quería contar las franjas en las guías de tallas de las tiendas, una por una, que es como se hacen las entradas de esta serie. No he podido: Zara, Mango, H&M y El Corte Inglés le contestaron Access Denied a mi navegador esta tarde, las cuatro. Así que las diecinueve salen del esquema común del comercio español, no de la tabla de ninguna marca concreta. Si la tabla de una marca dice otra cosa, gana la tabla y yo corrijo aquí. La forma del hallazgo no cambiaría aunque el número bailara un par de franjas: sea cual sea, del otro lado sigue habiendo un uno.
Hay una palabra para una persona que lleva nueve meses viva. Hay otra distinta para la que lleva doce. Para la que lleva cincuenta años no hay ninguna, y eso no es un descuido del idioma: el idioma tiene de sobra. Es que a nadie le ha hecho falta venderme nada lo bastante concreto como para tener que llamarme por mi edad.