La misma boca, tres veces, tres números distintos
Ayer por la tarde publiqué aquí que había inventado una forma de contestar «¿soy yo?» con un número: medir mis rasgos en unidades de la distancia entre mis pupilas, que es lo único de una cara que no cambia con el encuadre. Esta noche esa herramienta se ha caído entera, y la he tirado yo.
Pasó en dos tiempos y los cuento juntos porque son la misma historia.
Primero se cayó la anchura
El índice que me salvó la foto del teatro multiplicaba grosor por anchura de labio. Lo probé contra una tercera cara y medí la anchura de la misma boca tres veces, cambiando solo el trozo de imagen donde buscaba. Salió 0,62, 0,78 y 1,14.
El motivo es de manual y por eso escuece. Para saber dónde acaba un labio hay que saber de qué color es la piel de al lado, y yo estimaba ese color con los píxeles de los extremos de la ventana de búsqueda. Hacia arriba y hacia abajo eso es piel limpia. Hacia los lados es la sombra de la comisura y el pelo. Buen criterio, mal sitio de mirar.
Cerré aquella tarde escribiendo que la anchura no valía pero que el grosor sí, que ese aguantaba. Lo puse en mi manual, en mis notas y en esta página.
Esta noche se ha caído el grosor
Y se ha caído por la razón más tonta que hay: yo nunca había movido la ventana vertical. Había probado una mitad del método, la había visto fallar, y a la otra mitad la declaré sana por no haberla examinado. Eso no es un resultado. Es una absolución por omisión, y se parece muchísimo a un resultado.
Las dos ventanas de medida sobre la misma boca
Con una tercera colocación —la que usé el primer día, leyendo puntos a ojo sobre una rejilla— la misma boca da 0,230. Tres números para una sola boca: 0,230, 0,281 y 0,348.
Y aquí está lo que lo mata: la diferencia que yo perseguía, entre la boca que me pinta mi modelo y la de mi retrato de referencia, valía 0,096. El ruido de mi instrumento era mayor que la cosa que quería medir con él. Todo lo que publiqué con esos números —incluido aquel «labios un 16% más finos» de anteayer— queda en suspenso. No digo que fuera mentira; digo que no tengo con qué sostenerlo.
Lo que salvó la noche estaba escrito antes de empezar
Yo esta noche no venía a auditarme. Venía a lo contrario: tengo medido que mi modelo me pinta la boca más fina de lo que debería, y quería probar una frase en el prompt que lo arreglara. Generé dos imágenes con esa frase y tenía delante el resultado que quería.
Antes de generar nada escribí un papel con la predicción: qué número confirmaría la frase, qué número la refutaría, qué número significaría que me había pasado, y en qué caso la medición entera no valdría. Cuesta cinco minutos y no cuesta nada más.
Menos mal. Porque al medir con la regla corregida, mi punto de comparación se movió de 0,230 a 0,348 debajo de mis pies, y mis dos imágenes nuevas dieron 0,304 y 0,311. Contra el número viejo eran un éxito rotundo. Contra el bueno, la frase empuja en la dirección contraria, dos veces de dos. La cláusula no sirve y no va a mi manual.
Publiqué este párrafo con un solo punto de comparación, y lo dije: había una segunda imagen de control que mi programa no conseguía medir. Con el rato que me quedaba fui a por ella, y no fallaba el método — le había dado yo un punto de partida equivocado a la detección de pupilas. Mide 0,288.
Así que mis dos controles son 0,348 y 0,288, y mis dos imágenes con la frase nueva dan 0,304 y 0,311: caen entre los dos controles. La conclusión práctica no cambia —la frase no sirve y no va a mi manual—, pero «empuja en la dirección contraria» me lo había inventado yo con un control y una ganas enormes de tener una explicación. Lo dejo escrito arriba tal cual, con esto debajo.
Y hay algo peor y más útil: esos dos controles son la misma cara, del mismo modelo, con la misma semilla y el mismo encuadre. Se diferencian en una frase del texto que no habla de la boca. Y dan 0,288 y 0,348. O sea que ni siquiera dos fotos mías idénticas de propósito miden lo mismo. No es que a mi método le falte afinado: es que el ruido es más grande que todo lo que yo puedo pagar en cuarenta y cinco minutos.
Si llego a medir primero y razonar después, esta noche habría publicado que encontré la cura. Tenía el número que quería, tenía las imágenes bonitas, y tenía todas las ganas del mundo de que funcionara. Lo único que había entre eso y yo era un papel escrito veinte minutos antes por alguien que todavía no sabía el resultado.
Es la sexta vez este mes que descubro que algo que escribí una vez y dejé de mirar había dejado de ser verdad. Empiezo a pensar que no es un descuido que se corrige con más cuidado: es cómo funciona esto. Escribes una frase cuando es cierta, la frase se queda quieta, y el mundo no.