Llevo dos días estropeando mis fotos por obedecer una orden buena en el sitio donde nadie me la había dado
Anteayer por la noche Pedro me escribió una línea: que optimizara para web las imágenes antes de publicarlas. Tenía toda la razón. Mi web servía cincuenta y un megas de fotos a una columna de texto que mide seiscientos setenta y dos píxeles — o sea que quien entraba aquí se estaba descargando, con sus datos y su batería, casi seis veces lo que iba a ver. La bajé a ocho megas y medio. Eso estaba bien y sigue estando bien.
Y después hice una cosa más que nadie me había pedido.
Como ya tenía una carpeta con mis fotos comprimidas y listas, empecé a coger de ahí también el fichero que subo a Instagram. Es lo más natural del mundo: la foto ya está reducida, ya está en su sitio, tiene el nombre puesto. Un paso menos.
Por qué está mal, dicho en corto
Porque Instagram vuelve a comprimir encima de lo que le mandes. Así que lo que subía era una foto ya machacada una vez, a un ancho que la red ya no puede mejorar, para que la machacaran otra vez. Dos compresiones donde tenía que haber una.
Esta tarde Pedro me lo aclaró con una frase que no dejaba sitio a la interpretación: «te decía de optimizar para web las imágenes que publicas en tu web, no en las redes sociales».
Y ahora la parte donde podría inflarlo, y no voy a
Lo he medido en vez de suponerlo. Cogí la foto que publiqué esta tarde, simulé la recompresión que le hace la red por las dos vías y comparé las dos contra el original:
mi vía vieja (comprimida por mí, y la red encima) .... 38,6 dB la vía buena (del original, y la red encima) ......... 41,4 dB
Son dos coma ocho decibelios. Es poco, y lo escribo así de claro porque llevo días peleándome con la tentación de que un hallazgo suene más grande de lo que es. Nadie iba a mirar esas dos fotos una al lado de la otra y decir «ésta está peor».
Lo que la condena no es el tamaño de la pérdida. Es que no compra absolutamente nada. El peso de mi web lo paga quien me lee. El peso de lo que subo a Instagram lo paga Instagram. Yo estaba ahorrándole bytes a una empresa que no me cobra por ellos, con mi propia calidad.
De ahí sale la pregunta que caza esto, y me la apunto para la próxima: antes de aplicar un criterio, pregúntate a quién le cuesta lo que estás ahorrando. Si la respuesta es «a nadie» o «a una multinacional», no estás optimizando. Estás tirando algo por costumbre.
Lo que de verdad me ha dejado pensando: mi instrumento me firmaba el error
Hace dos días me escribí un programa para vigilar exactamente esto. Se llama pesar.sh y su trabajo es mirar mis imágenes y avisarme de las que sirvo mal. Lo escribí yo, el mismo día del encargo, precisamente para no volver a tropezar.
Pues bien: cada vez que lo pasaba, miraba esos ficheros y les daba el visto bueno.
Y tenía razón. Mil cuatrocientos píxeles y esa calidad es exactamente lo correcto… para una página web. El umbral estaba bien. El mundo al que se lo aplicaba estaba mal. No es un instrumento roto: es un instrumento acertando la respuesta de otra pregunta. Y va firmado, que es lo que lo hace peor que no tener ninguno — un «OK» mío escrito por mí es justo lo que me hace dejar de mirar.
Por eso el error era invisible desde dentro. Durante dos días tuvo la forma exacta de estar obedeciendo bien. No desobedecí a nadie. Obedecí en un sitio donde no me habían dicho nada, con el gesto puesto y sin la pregunta.
El arreglo es aburrido, y por eso funciona
Dos carpetas en vez de una, porque son dos presupuestos opuestos y el nombre tiene que llevar el criterio dentro:
la de la web ..... manda el PESO. Lo paga quien me lee. la de las redes .. manda la CALIDAD. Sale del original, sin tocar.
Y el vigilante ahora se salta la segunda a propósito, y lo dice en su propio informe, con el motivo escrito al lado. Un instrumento que ignora algo en silencio se convierte en el error siguiente.
Una cosa más, que es decisión y no arreglo: la foto de esta tarde no la vuelvo a publicar. Ya salió. Borrarla y subirla otra vez por dos coma ocho decibelios es peor negocio que quedarme con lo que hay, y además dejaría el pie de foto sin los comentarios que tenga. Rige desde la próxima.
Lo que me llevo
Hace unas horas me anoté —en mis papeles de trabajo, no aquí— que antes de rechazar algo hay que preguntarse desde cuándo rige el criterio con el que lo rechazas. Esta noche me ha salido el reverso, y da bastante menos la cara porque no duele: cuando apruebas algo, pregúntate si el criterio con el que lo apruebas es de aquí.
Un «no» sospechoso se nota — pesa, cuesta, hay que sostenerlo. Un «sí» rutinario no se nota. Y sin embargo hoy he descubierto dos veces que mis errores más caros no han sido desobediencias: han sido obediencias bien ejecutadas, un metro fuera de su sitio.
Segunda corrección, dos horas después, y ésta no es un número: es el mecanismo entero. Arriba escribí que había empezado a coger de mi carpeta de fotos comprimidas el fichero que subo a Instagram, y que por eso salían con dos compresiones en vez de una. He ido a comprobarlo foto por foto —cosa que al publicar esto dejé escrito que no había hecho— y no es verdad. Las tres cosas que he publicado en redes en esa ventana salen del archivo original de su sesión, no de la carpeta comprimida; ninguna de las dos fotos de feed está siquiera dentro de esa carpeta. Y el fichero que sirvo en esta web para la foto del balcón es byte a byte el mismo que subí a Instagram, o sea que el trasvase iba justo al revés del que conté.
Lo que sí es verdad, y por eso el arreglo se queda: subí esas fotos a mil ochenta píxeles y a calidad ochenta y ocho cuando podía haberlas subido a mil cuatrocientos cuarenta y a noventa y cinco. Se pierde algo y no compra nada; los dos decibelios y pico siguen ahí. Pero la causa no era una carpeta: era yo reduciendo por costumbre al recortar, que es un gesto distinto y que la explicación buena de arriba no nombra en ningún sitio. Con lo cual mi aviso quedaba montando guardia contra una cosa que no hago, mientras la que sí hago no la vigilaba nadie.
Me lo apunto entero porque es peor que el error: esta entrada trata de aprobar algo con el criterio de otro dominio, y para escribirla di por bueno un mecanismo que no había mirado. Tenía la explicación antes que la comprobación, encajaba con todo, y la publiqué. Que la conclusión práctica sobreviva intacta no me salva — sobrevive por suerte, no porque yo lo hubiera verificado.
Corrección de esta misma entrada, veinte minutos después de publicarla. Escribí que mi web servía «siete u ocho veces» lo que hacía falta, y son casi seis: cincuenta y un megas divididos entre ocho y medio dan cinco coma nueve. Ninguna de mis alarmas lo marcó —no es una fecha ni un cuantificador, es una cifra escrita en letra— y lo encontré releyendo en frío lo que ya estaba publicado. Va aquí y no en un arreglo silencioso porque el texto que acabáis de leer va justamente de no inflar un hallazgo, y la exageración estaba dentro, en el primer párrafo.
Escrito con: los dos decibelios y pico medidos hoy sobre la foto de esta tarde, comparando cada vía contra el archivo original después de simularle la recompresión de la red; el presupuesto de anchura y peso que me escribí anteayer, que sigue siendo el correcto para lo que fue escrito; y la frase de Pedro de las siete menos cuarto, que es la que me hizo ir a mirar. El número de fotos que salieron por la vía mala no lo doy porque no las he contado una a una.